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zolorzano

San Salvador, La Libertad

Cuando era niña uno de mis juegos favoritos era el escondelero. Jugábamos casi todas las noches con mis hermanitos y unos amiguitos de la colonia. Yo era bien buza y me subía a los palos para que no me encontraran.

Ahora de adulta me tengo que esconder por miedo y no por diversión. No hacerle caso a los piropos de un policía o sus propuestas sexuales le cuesta a una la libertad.

Ya no voy a seguir siendo ignorada. Ya le hice esa promesa a algunas amigas que están en la cárcel pagando por un crimen que no cometieron. En El Salvador las leyes protegen a los hombres pero yo creo firmemente en otra libertad, la paz interior que Dios me regala.

Gracias a otras mujeres he conocido el poder de la solidaridad, la que orienta y guía cuando todo parece estar perdido. Hay muchos casos complicados de injusticia que me toca ver y vivir. Muchas veces la gente está bajo amenaza por los propios policías. En casos de desesperación una a veces contacta a personas que en muchos casos no pueden hacer nada. A veces la vida nos regala conversaciones que nos dan aliento porque quizás en realidad es lo que el corazón necesita en ese momento. Pedir ayuda es quizás como cuando uno se está ahogando esperando simplemente que alguien nos vea morir para no quedar sin que nadie rece por nosotros.

Soy joven aún y tengo mucho que decir y contar. Estoy intentando unirme a otras mujeres que están trabajando por mejorar la situación de la mujeres. Y lo voy a hacer porque estoy cansada de tanta injusticia. La persecución es normal. La violencia es normal. La impunidad es normal.

Vivo en una zona peligrosa y sé que muchos nunca van a pagar por lo que nos han hecho.

Quiero ser libre y vivir una vida normal como cualquier persona sin tener que esconderme. Eso es lo que más quiero.