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Víctor H.

AHUACHAPÁN

Parte I

Pues pasa que mis hermanos y yo (Enrique, 10 años; Esmeralda, 7 años; y Elizabeth 5 años y yo 8 primaveras cumplidas) teníamos un tata bien callejero, mujeriego y tras de ribete recontra chiviador. Nos consentía con un chingo de babosadas aunque éramos pelados de pisto (pues mi tata hasta se chiviaba las chirilicas de mi nana). Nos llevaba cualquier clase de animales como mascotas y es así como terminábamos hasta con tarantulas y alacranes, dizque mascotitas de la casa.

Mi tata se la llevaba de “Don Dandi,” como le decía mi mamá. La onda es que a pesar de la lipidencia en la que vivíamos, teníamos muchacha de casa. Ella se llamaba Ema. Sigo sin entender cómo le hacía mi mamá para pagarle a la niña Ema a fin de mes. Pienso que no sólo le debíamos al dueño de la tienda de la esquina si no que también a la señora. Por lo menos tenía donde vivir y comer con su hijo que se llamaba Juan Diego. Al final ella se hacía la de los panes a la hora de cobrar su sueldo.

Juan Diego era un bicho mayor que nosotros. Ancaba por los 12 o 13 años y estudiaba en el grupo escolar Isidro Menéndez, lugar donde según mi mamá llegaba a estudiar toda la “chusma y cualquier chinche y telepate.”

El tal Juan Diego era bien dicharachero y se podía todos los chiste de Pepito, de la A hasta la Z. Era ñurdo y tenía un pulso para matar lagartijas, tenguereches y bajarse los mangos del palo como si fuese un adiestrado francotirardor. Todos en el barrio Santa Cruz lo admirábamos sus destrezas: se trepaba a los árboles con una agilidad felina, parecía tener ojos de gato porque eran como amarillentos, era el mejor jugador de chibolas, trompo, capirucho, y toque.

La niña Ema adoraba y ensalzaba lo ducho y listo que era su hijo. Esto a mi mamá no le caía mucho en gracia. Recuerdo que cuando esto pasaba, mi mamá quien era profesora de primaria, recriminaba las notas que Juan Diego se sacaba en la escuela por andar jugando todo el tiempo. Decía que era un huevón para estudiar.

Juan Diego siempre le preguntaba a mi papá que cuando le iba a regalar una mascota para que fuera solo de él y la respuesta era siempre la misma: “Un día de estos te traigo algo.” Para la niña Ema mi tata no era santo de su devoción y cuando mi tata se iba de parranda, le echaba más leña al fuego al ver a mi mamá bien encachimbada diciéndole que segurito el “Don Dandi” andaba por allí con alguien más porque todos sabían cómo era él.

Yo creo que las promesas incumplidas de parte de mi padre para con Juan Diego era parte del disgusto que la niña Ema tenía en su contra. Hoy yo la entiendo pues la verdad que mi tata podía sin problema alguno regalarle a Juan Diego aunque sea un chucho aguacaterris.

Resulta que un día de Semana Santa o Zangana (como muchos le llaman) sucedió lo impensable: Mi tata llegó a la casa con una cajita chiquita que tenía un huequito nada más. Todos incluyendo nos alborotamos cuando mi papá en voz alta llamó a Juan Diego y le dijo: “Te compré una mascota. Todos los ishtillos nos preguntábamos que diantres había en la cajita y que era la mentada mascota que había dentro de ella.