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víctor - PARTE II

AHUACHAPÁN

Yo bien ajolotado por la intriga pensé que la mascota era una tarántula. Esmeralda, quien era bien chillona, dijo “Es un alacrán” y la pendenciera de la Elizabeth le contestó que ella pensaba que era una iguanita. La onda es que todos estábamos alucinando queriendo saber qué diablos era aquello. Hasta la niña Ema y mi mamá rodearon la mesa de madera del comedor queriendo saber qué había en la caja.

Mi papá se sentía el amo y señor del momento y no nos decía lo que era tomándose una eternidad en llamar a Juan Diego y permitirle abrir la cajita. Al fin le ordenó: “¡Abrí la caja pues bicho!” Juan Diego, súper emocionado se acercó lentamente, dio un gran suspiro mientras todos lo mirábamos callados. Con miedito la abrió. Y pues era nada más y nada menos que un pollito de esos que pintaban en mi tiempo de coloradito, casi rosados. Todos estábamos viendo al pollito como enajenados y el embrujo se nos quitó cuando el pollito dijo sus primeros pío, pío, pío.

Juan Diego no lo podía creer. Mi tata le preguntó qué nombre le iba a poner a su mascota. “¡Chepito! ¡Chepito!”, contestó con gran emoción. Chepito era un buen pollito. Comía sus granitos de pan y lombricitas de tierra, y fue creciendo de a poquito en poquito. Juan Diego recontra amaba a su animalito. La pacotilla de bichos del barrio también lo queríamos como que fuera un chucho de casa.

Resulta que un día a Juan Diego se le ocurrió la brillante idea de cambiarle la dieta a Chepito para que, según él, creciera más rápido. El patio de la casa donde vivíamos estaba poblado de palos de marañon, mangos, anonas, guayabas, güisquiles, coyolitos, café, platanares, guineos, zapote, y sunzas. Juan Diego nos mandó a que nos pusiéramos las pilas para buscar arañitas estrellas que abundaban allí. Empezamos a atipurrar a Chepito con las arañitas. Unas horas más tarde el pobre pollito no podía más con la gran hartada que se había dado. Juan Diego estaba contento con la comilona de su pío, pío.

Al día siguiente, escuchamos a Juan Diego que lloraba a moco tendido. Todos nos levantamos a ver qué pasaba. El tal Chepito había amanecido muerto a causa del veneno de las arañitas. Juan Diego, con el corazón partido, decidió darle una sepultura cristiana al animalito. Fue un momento doloroso para todos porque nos habíamos encariñado con Chepito. Mi nana le hizo una cruz pequeñita y le trazó las letras:

“Allí en algún lugar del patio de esta casona vieja yacen los restos de Chepito, el pollito mascota.”