Una niña, una pizarra, un sueño. En cualquier lugar del mundo.

Una niña, una pizarra, un sueño. En cualquier lugar del mundo.

Una niña determinada

Siempre soñé en desempeñarme profesionalmente en el área de la medicina. En el cantón donde vivía no había ni siquiera bachillerato. La escuela más cercana estaba en la ciudad pero ¿cómo llegar allí? Esa pregunta rondaba mis pensamientos constantemente.

Cuando estaba cursando el octavo grado, un señor vecino llegó desde San Salvador buscando una muchacha, o sea una sirvienta. Yo oí la conversación y rápidamente le dije a mi madre que me quería ir para allá. “¿Estás segura que eso querés?” me preguntó ella. Yo decidida le contesté que sí.

Empaqué 4 chirajos que tenía de ropa y me fui con aquel extraño. Al llegar a mi nuevo destino me sorprendió que era una casa en construcción y estaba llena de patos que tenían cagado por todos lados. La señora me dio instrucciones básicas y luego me mostró donde me tocaría comer: una mesa vieja en frente del lavadero adornada con caca de pato. Los platos que debía usar para comer eran viejos, uno rosado y uno verde. Me sentía chiquita y menospreciada pero tragué grueso y acepté quedarme.

A los pocos días de haber llegado, apareció la trabajadora antigua y esto quería decir que ya no tenía mi puesto. La dueña de la casa me prometió ayudarme a conseguir otro trabajo y así fue como terminé de cocinera en la fábrica donde ella trabajaba. Le pedí quedarme en su casa ofreciéndole mi ayuda en los quehaceres y encargarme de llevar a su hijo al colegio a cambio de techo y comida. La muchacha se marchó de nuevo y recuperé el puesto.

Mis hermanas venían de Chalatenango cargadas de cosas para mí y mi madre me ayudó con la colegiatura. Poco a poco me fui ganando la confianza de aquella familia y dejé de comer en compañía de los patos.

En el ’86 hubo un terremoto y destruyó un poco la casa. En ese entonces ya estaba en primer año de bachillerato y mi colegio quedó completamente destruido. Ese día me tocó caminar por horas desde el centro hasta donde vivía. Durante varias noches nos tocó dormir en la calle por temor a otro sismo.

Yo estaba pasando otro temor: el marido de la señora me comenzó a acosar fuertemente. La primera vez le dije que le contaría a su esposa y él se rió descaradamente diciéndome que era una tonta porque ella se moría por él y que no le iba a creer a una bicha como yo. Me dijo que ella me iba a sacar de la casa y que yo acabaría de regreso en mi cantón. Me advirtió que si quería estudiar lo mejor era que me callara la boca.

Todos los días eran un martirio. Estaba pendiente a la hora que el cerdo regresaría para acosarme. Yo le pedía al niño que no saliera a jugar con sus amiguitos para que se quedara conmigo. Yo le ofrecía jugar chibola, trompo, lo que fuese, con tal de que no me dejara sola. Muchas veces funcionaba pero en otras ocasiones el cerdo se salía con la suya. Yo luchaba contra él y nunca logró penetrarme. Yo relinchaba más que una potranca, lo golpeaba, le tiraba lo que fuera. Aún hoy día siento asco sólo en pensar en sus manos. Lo más difícil era fingir que todo estaba bien y seguir tratándolo como familia delante de la señora.

Después del terremoto tuve que buscar otro colegio porque el otro quedo destruido. Ella me dijo que no sería aceptaba porque allí iba gente de dinero. No la escuché y seguí adelante. Terminé mi bachillerato trabajando de criada sin recibir sueldo, el único apoyo que tuve fue el de mi madre. Fue así como acabé el auxiliar de enfermería y me fui de aquella casa. Al final acabé encariñándome de la señora con el niño pero sigo recordando lo difícil que fue seguir mi sueño de recibir una educación.