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Roberto Martín

Departamento de La Libertad

No es que las historias no cuenten todo ese sentimiento interno que solo el ombligo sabe, pero traen enormes dolores y lágrimas encima.

Las agonías que vi en los ojos de algunas madres que conocí al perder a sus queridos y sin poder tener palabras para contar la historia con detalles de la grandeza de sus hijos guerrerxs… los gritos de lucha para que la revolución no envejezca ni apagar la ofrenda de sus vidas por un pueblo…

A veces el silencio se convertía en la más larga distancia, casi perdida en el ocaso pero tan viva en la luna y en la melancolía de los cuerpos dejados en el peñón. Allí, los zopilotes aguardaban la carne de lo que no edita la historia. Yo casi perdí la memoria de mi cuenta allí porque el olor podrido de victoria y corajes tomaron nombre, si cada uno tenía madre, padre, hijxs, entre los escombros de mi alma, yo perdí cuenta de las lágrimas de cuántos pude contar, el humo que alcanzaba junto al olor de muerto en busca de cielo, yo frío de tal tragedia enfrente de mí, a punto de unirme a su heroísmo eterno inerte y frío.

Yo los recuerdo no en el estado estático del momento si no que en vida, en virtud de los que aún seguían tirando. Yo más muerte por vivir con rabia, para seguir tirando también, pero débil tal vez por la jornada de golpes en mí.

Compañeros caídos del humilde pueblo.

Yo allí con los soldados riéndose a mis espaldas, empujando mi conciencia mientras me tenían atado y vendado al punto alto del peñón. Gritaban, “¡Vamos pendejo insurrecto, decínos nombres y direcciones!

Y yo dispuesto a unirme a los cuerpos de eran devorados por los buitres, mi silencio duraría, no tenía caso, moriría de todas formas y no llevaría un nombre en mi conciencia, ni en mi memoria más que el mío mismo. Los disparos sonaban cerca de mis pies pero yo sentía que era uno de esos que se escaparía para darme en mi cabeza.

El degenere del caos y olor que recorre por los años de pólvora cubría las retiradas en otros días pero ahora el escalofrío de la noche me jala mi pelo. Las ansias agónicas me gritan en el alma del coraje…

“¡Ves esos allí!,” exclamaban los soldados, “!estarás igual si no hablás! Y los golpes sonaban en mi cuerpo. Fingí dolor porque me dio asco sentir que no existía sensibilidad en este mundo ciego de ira, así como un futuro partido político dice defender la inquietud de un niño huérfano. Yo lo resisto con el dolor del cipitillo alcoholizado para olvidar que la pólvora que asesinó a mis camaradas sea una debilidad que me enloquezca.

No soy digno de haber sido enviado a arresto domiciliario desde donde más tarde me di a la fuga pero la historia sigue cobrando víctimas y generaciones en este pulgarcito… me he convertido solo en un fantasma que día y noche escala las horas y los bolsones de memorias, como alguien que puede pintar la historia y caminar disfrazado ya de olvido en el exilio.