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Reynaldo Sandoval

Cantón Potenciana, Chalatenango

Todas las tardes después de comer almuerzo los bichos buscábamos algo que galgurear. A modo de postre como dicen hoy día. 

A pues una vez me subí hasta la punta del palo que teníamos en la casa a comerme los dichosos mangos. Y vi que venía un primo mío que se llamaba Milton, hijo del tío Hugo. Cuando pasó le tiré la semilla bien chupada del mango que me acaba de comer y le cayó en el ayote, como en broma vea. Y se volteó para arriba y me dijo: Ay, jodido, no se vaya a caer de allí. Mire, mejor bájeme un mango punta ya que está allí. Esos mangos puntas eran aquellos que se maduraban sólo de las puntas primero, bien amarillitos. Aviénteme uno para llevármelo a la escuela para la hora del recreo. 

A pues, como pude me fui acercando poco a poco a los tales mangos de punta. Yo no los miraba bien porque desde donde yo estaba sólo lo verde miraba. Y va a creer que me paré en una rama seca y se va quebrando la babosada y digo para abajo.

Caí con los pies en un charquito que había pero la cara pegó en lo seco. Y no me voy quebrando la nariz pues. Y digo a gritar. Al ratito llegó una muchacha que le ayudaba a mi mamá con los quehaceres y me preguntó: ¿Qué se hizo la nariz, usted? Yo seguía gritando con un dolor que por Dios. Ella no me la encontraba porque la tenía bien aplastada. Y me dijo: “Vaya, no se vaya a mover.” Y me la enderezó de una sola. Pues por eso es que desde entonces soy nariz panda.