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René Martínez

Soyapango

Allá por el año 1985, las tardes se vivían dentro de una vorágine social especial en El Salvador: reclutamientos forzosos, desapariciones, balaceras y tomas. Nosotros, en nuestro pequeño mundo, tratábamos de llevar la vida lo más normal que se pudiera. Como jóvenes inquietos, dentro de esa normalidad, jugábamos basquetbol en el Instituto Manuel José Arce, donde estudié. Pues una tarde calurosa de abril, mis amigos y yo nos sentíamos presionados porque se acercaban los juegos intramuros y nos concentramos en ensayar las jugadas para que nos dieran la ventaja a la hora de los juegos.

El instituto estaba situado al lado del parque zoológico. En la parte izquierda del parque se alojaban en aquel entonces una cabras y conejos. Ya no recuerdo qué otros animales vivían allí. Al costado sur del instituto lindaba con la alberga del hipopótamo Alfredito, QEPD. Su espacio era amplio, con su estanque de agua y un foso de protección que lo separaba de los visitantes. Hacia el fondo, casi pegado a la pared del instituto, estaba sembrado un frondoso árbol de mango que extendía sus ramas hasta la segunda planta. Desde allí nos podíamos trepar al árbol y bajar hasta el lugar de confinamiento de Alfredito. 

Esa tarde del 85, con toda la adrenalina del juego, uno de mis compañeros tiró el balón directo al aposento del hipopótamo. Como no había tiempo que perder y siendo yo el más atrevido no dude en treparme al palo de mango. Tenía la destreza de un felino con una habilidad propia de un joven de 17 años.

La cosa es que me deslicé y llegué al suelo. Vi el balón, me concentré en recogerlo y lanzarlo de nuevo a la cancha para que siguieran el juego. El tiempo se detuvo. Mis compañeras de grado comenzaron a gritarme. No atinaba entre sus gritos y los que venían del partido. Y de repente, vuelvo a ver y era Alfredito que había salido de su estanque. Y dice a seguirme. Mis amigas estaban asustadas y siguen la gritadera. Con toda la confusión salí corriendo hacia el árbol disparado a una velocidad de un 200%. Jamás había experimentado esa velocidad. Alfredito se detuvo en el frondoso tronco y abrió sus fauces amenazantes. Mi corazón latía a mil por hora, como si fuese a salirse de mi pecho. Por un momento me quedé petrificado y tímidamente comencé a moverme. Poco a poco pude llegar al pasamano de la segunda planta del instituto y allí estaban todos mis compañeros. Al llegar comenzamos a reírnos y aquello era sin parar por lo que me había pasado. 

No tenía idea de lo territorial que son los hipopótamos. Ahora siempre que recordamos esa pasada con mis amigos no paramos de reírnos.