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el niño Dios

Yo fui criado creyendo que el niño Dios me iba a traer un regalito si me portaba bien. Al decir regalito no crean que hablo de algo caro como es el caso hoy día. El 25 de diciembre el niño Dios me dejaba debajo de la almohada un soldadito, un carrito, una bolsita con chibolas, o un pitufo del tamaño de mi dedo pulgar. 

Yo con eso era feliz y andaba paseando mi regalito por todos lados como si fuera un nuevo amigo al cual bañaba, le hablaba y hasta le cantaba. 

Mi mamá y mi papá me criaron dándome la oportunidad de desarrollar la imaginación con muy poco. Sé que hacían muchos sacrificios para comprarnos a mis hermanos y a mí el estreno del 24 y el 31, aunque sea el calzoncillo tenía que ser nuevo. Ahora me pongo a recordar sobre la gran importancia que tenía el hecho de esperar y tener paciencia. La ilusión que nos daba un objeto no era que si iba hacer caro si no que era la idea de que íbamos a saltar y darle vuelta al patio con lo que nos habían comprado ellos. 

El estreno era como entrar a ser parte de una película donde nosotros éramos los personajes principales. Nos convertíamos en estrellas de cine donde nuestras historias estaban llenas de color. 

Me acuerdo que ya cuando estábamos grandecitos los estrenos eran para lucirlos en las fiestas de Navidad. Con la camisita nueva y bien planchada bailábamos el burrito sabanero a todo mecate con los bichos del grado. 

Una vez le conté a mi mamá que mi mejor amigo no tenía qué estrenar porque la mamá lavaba ropa ajena y no tenía cómo. Mi mamá, que tampoco tenía tanto, en vez de comprar una vara de tela para mandarme a hacer un pantalón, compró dos. Para que mi papá no se enterara me dio el otro pedazo de tela disimulando para que se la diera a mi chero y que le dijera que venía del niño Dios.