circo-arena-1.jpg

Los gitanos

El sobrino de Don Rafael

Nos contaba un tío medio bolo que teníamos, que no había que tenerle miedo a los muertos si no que a los vivos.

A él le habían hecho varias pasadas unos gitanos que llegaron a El Salvador como por arte de magia. Nos contaba que eran bien buzos para vender y que tenían mañas de bien lejos. Estos gitanos llegaron con un circo ambulante y fueron la novedad del pueblo. Las mujeres se vestían con unas faldones de todos colores y cargaban montón de cadenas. Cuando se paseaban en grupo por el parque se acercaban a leer la mano diciendo cosas que eran ciertas. Así fue como la gente poquito a poquito comenzó a tenerles miedito pero también no dejaban de ir a las funciones de circo.

Para entrar habían dos entradas, las de las tarimas bajeras y donde se sentaba la gente que supuestamente tenía más posibilidades económicas. La carpa era amarilla, roja y verde y al entrar habían tantas luces que uno quedaba como embobado. Mi tío nos contó que un sermón del domingo el cura le prohibió a la gente ir al circo porque eran cosas del diablo. Al parecer ya le habían ido a contar que habían una bailarinas que se movían como culebras al ritmo de unos instrumentos jamás vistos por aquella zona.

El circo se quedó una buena temporada y los gitanos hablaban un español que enganchaba. Hasta para reírse lo hacían en otra lengua. Un día hicieron ventas a lo ciego diciéndole a la gente que tendrían el mejor show con una sorpresa que iba a provocar deslumbramiento. Todas las ventas fueron hechas con anticipación pero esta vez cobraron el doble haciendo promesas de que los espectadores verían la cosa más rara del mundo. Todo mundo especulaba lo que aquello podría ser.

Llegó por fin el día de la función y mi tío que había gastado su sueldo en la dichosa entrada salió corriendo a la plaza donde estaba medio pueblo reunido. El circo ya no estaba. Los gitanos se habían ido como por arte de magia de la misma forma que llegaron.,