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La niña Carlota

Después de misa mi mamita siempre nos llevaba a comer pupusas a un comedor de una su comadre. Mis hermanos y yo crecimos escuchando historias de gente que iba de pasada por el pueblo. En realidad era parada obligatoria de buses que iban para occidente.

La niña Carlota le daba de fiado a todo mundo o le daba la comida más barata a la gente que llegaba como con cinco bichos y solo pedían 5 pupusas. “Llévese las 8 que allí en otra vez me las paga,” les decía. Eso sí, tenía una boca de escusado, como decía un tío mío pero un corazón que no le cabía en el pecho.

La gente decía que había llegado de Oriente durante la guerra huyendo de los soldados porque le habían matado a bastantes de sus familiares. Cuando alguien le preguntaba se limitaba a contestar que de allá lejos, cerca de Fonseca.

El cura de la parroquia le hacía la cara fea a la niña Carlota porque dicen que a ella le caían mal. Una vez escuché decir que ella no se confiaba de los que llevaban la sotana porque debajo escondían bolados que Dios guarde.

Yo siempre que puedo le mando un recuerdito a la niña Carlota con el hermano mío que tiene papeles para viajar porque desde que le dio artritis en las manos dejo de echar pupusas. Dicen que siempre se acuerda de aquellos cipotes que venían religiosamente a chuparse los dedos todos los domingos.