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La cuajada

Toñito, Chalatenango

Yo aprendí a hacer cuajada desde que tengo uso de razón. Mi mamá tenía un su medio negocio que se lo dejó una tía cuando se murió para que pudiera sacar adelante a su sobrino, que soy yo.

Gracias a eso mi mamá me pudo comprar útiles y uniformes para la escuela. De la venta de la cuajada por las tardes pude matricularme en algunas actividades escolares fuera del pueblo y conseguir tela para mi traje de primera comunión. 

Desde los 8 años comencé a hacer turnos con mi mamá para salir a vender la cuajada en el barrio y hacer montón de mandados. Aprendí a agarrar con mucho cuidadito el producto a modo que la gente la recibiera en perfectas condiciones. 

Una vez, por un tal chucho que a saber de quién era, se me cayó toda la bendita bateya. Casi me muero del susto al ver cómo cayeron las bolitas de cuajada envueltas en hojas de plátano. Juelule, es que sólo de recordar de nuevo ese episodio el corazón se me agita. Se me pasaron mil cosas por la mente. Primero en la gran pijiada que me iba a caer, después en que el chucho se las iba a hartar, y por último en cómo iba a reponer ese pisto. Pero como dicen que Dios es grande, a la bendita cuajada no le paso nada gracias a que mi mamá siempre las empacaba como si fueran recién nacidos. Ese día entendí lo que ella siempre me decía: Vos pensás que es más trabajo asegurarlas bien pero no, esto debe ir bien hecho porque así no les pasa nada y la gente las recibe fresquitas.

Ahora ya no tenemos el negocio porque mi mamá ya no está para eso. Tenemos en la casa todavía un par de bateyas y desde la hamaca a veces se pone a recordar de cuándo le tocaba darle suero a los tuncos de la vecina para que se engordaran. Desde que yo comencé a trabajar le pasó las arriendas a una su comadre que tiene un nieto que allí nos viene a dejar él la cuajada.