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Juanita

Quezaltepeque, La Libertad

Tengo muchos recuerdos, pedazos más bien de ellos. Imágenes. Quizás algunas son inventadas, a estas alturas ya no estoy segura. Mis recuerdos son de momentos, voces, imágenes que transcurren como una sola pero que sé son de días, semanas y hasta meses mezclados en un solo rodaje.

Uno de esos recuerdos es el día que mi madre me dijo que nos íbamos lejos y que entendí lo que eso significaba. “A lo mejor ya no regresamos nunca más,” me dijeron.

Me parece que fue un miércoles, creo que en mayo. Me parece porque en esos días estaba muy preocupada por un zompopo que sale sólo por ese entonces. Lo había “rescatado” en un vaso porque me pareció que estaba solo en la vida y decidí convertirlo en mi mascota. 

“¿A dónde? y ¿cuándo?” pregunté. 

Me contestó que no podía decirme y que me podía despedir de mis amigos si quería pero sin decirles mucho. Tenía diez años, así que me entró por una oreja y me salió por la otra, muestra de ello es que dije “vaya pues” y me fui andar en mi bici. 

Me acuerdo de ir a pedirle fiado a la señora de la tienda y me “compré” unos churros y un siberiano. Me acuerdo de sentarme en la grada de la casa a comerme un sandino que me había regalado mi tía Gladys cuando pasó camino a su casa. Me acuerdo de haber decidido hacerme doctora de niños y de pensar que la heroína más inteligente y poderosa en todo el mundo era la Cheeta de los Thundercats, mi programa favorito. Me acuerdo que a veces me despertaba con el ruido de balazos en la distancia, en el cerro. Y que una noche se movieron las ventanas y se me destemplaron hasta los dientes de un bombazo que habían puesto en un bus bastante cerca de la colonia. Sé que les mencioné a los bichos de la colonia que me iba porque una amiga me hizo una carta con dibujos y corazones y otro me regaló un cassette con mi canción preferida: la “popotepavio.”

No recuerdo empacar, ni pensar en si podía llevarme la barbie hawaiana que mi mami me había regalado en Navidad, ni si pensé que pasaría con los pollos que nos había regalado el tío Neto, el pinky, el panky y el punky, aunque a este pobre ya lo habían hecho en sopa al pobre. No recuerdo si me puse triste, si lloré, nada. Sí recuerdo que algún vecino vino a preguntar si vendíamos los colchones. Nada más. 

Recuerdo la imagen y sonidos en una casa con extraños, con cosas que no eran mías, durmiendo en un cuarto con toda la familia, 7 en total, mis hermanos y yo en una cama y los demás en el piso. Me acuerdo que nos dijeron que no podíamos hablar más como nosotros hablamos, ahora teníamos que usar un cantadito cuando hablábamos y que no podíamos decir que éramos de El Salvador, ahora éramos de Veracruz. No escuela, no amigos, no hablen mucho, no respondan si alguien les hace muchas preguntas, ahora hay que decirle jitomate al tomate, popote a la pajilla y tomar tepache en vez de atol de shuco. Alguna vez alguien preguntó de dónde era, “De Veracruz” le dije y se rió, “si sos jarocha yo soy chino” me dijo. 

En algún momento nos prohibieron salir del cuarto, no podíamos asomarnos a las ventanas, ni jugar en el patio. “Cierren la puerta y no le abran a nadie” nos dijo alguien. Allí recuerdo tristeza, miedo, y enojo. Allí entendí que no estaba más en El Salvador, que todo había cambiado, que nunca nada sería igual. Allí pensé “¿qué estarán haciendo los bichos de la colonia y la tía Mari? ¿Y los pollos? ¿Y no habrán sandinos o salpores en algún lado por aquí? Y me dieron ganas de llorar. Por primera vez sentí un retorcijón en el corazón, como un nudo en el pecho que parecía que me ahogaba. Me dije,”Yo no soy de aquí, yo soy de El Salvador.” 

Eso hace más de 30 años. He vivido en 3 diferentes países desde que salimos del pueblo. No me gusta mucho acordarme porque siempre terminan los pensamientos en ese mismo momento. Y otra vez siento el nudo y el retorcijón. Aprendí nuevas lenguas, y a querer como mío al DF, a Montevideo y a Toronto, pero de vez en cuando, cuando estoy sola pienso o más bien siento: “Yo no soy de aquí, soy salvadoreña.”