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Anónimo

En el pueblo donde vivíamos las camionetas hacían viajes como tres veces al día. Se quedaban parqueadas cerca del mercado donde la gente se trepaba a la parrilla para acomodar un montón de bultos. Yo miraba cómo se ajolotaban entre tanto tanate. Me gustaba ver cómo peleaban con los animales para que se quedaran quietos entre tanto joloteo. 

Yo me hacía chero de los cobradores y me enseñaban todo el sencillo que les tocaba cargar. Para mí era como ver una mina de oro y les pedía que lo menearan para escuchar el ruidito del chin, chin, chin que hacían las monedas. Uno de ellos se llamaba Juan. Siempre me preguntaba cuando iba a ir a algún lugar. El me había prometido que me iba a apartar el mejor asiento del bus. Dependiendo de la hora del día también era importante ver si uno agarraba el de lado del sol o de la sombra. Me contaba de las bichas bonitas que veía cuando hacían paradas para que los pasajeros compraran su refrigerio. 

Juan tenía 13 años y no iba a la escuela. Dejó de asistir cuando su papá se fue para los estados. Supuestamente el señor les iba a estar pasando algo de dinero pero ya no supieron de él. Entonces su mamá lo mandó a trabajar porque con lo que ella ganaba no les alcanzaba. A mi mamá no le gustaba que me juntara con él porque decía que era malcriado y que no quería que se me pegaran las malas palabras. Yo siempre me iba de escondida a la hora que sabía que él iba a estar allí. A veces le tocaba engrasar el bus y me mostraba cómo era por dentro. El dueño de la camioneta la había adornado con calcomanías de muchachas bonitas, la Virgen María y montón de gallardetes de colores brillantes. 

Los fines de semana normalmente no pasaba a verlo. Un lunes después de la escuela, como normalmente lo hacía, fui al puesto de la camioneta. Cuando llegué no estaba. Le pregunté a un muchachón que dónde estaba Juan. Me dijo que no lo había podido conocer pero que fuera a preguntarle a Don Julio, el dueño. No me dio mucha razón de él. Fue bien cortante pero  después de rogarle que me dijera algo de Juan me contó que su mamá sólo le mando un recado diciéndole que se lo había llevado la guerrilla. 

Nunca más lo volvimos a ver.