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vacaciones de semana santa

Jeannette Torres, San Salvador

Las vacaciones de Semana Santa en Ahuachapán comenzaban los martes y se realizaban todas las estaciones del vía crucis. Mi mami no se perdía la procesión de la reseña, es decir el vía crucis del Martes Santo. En el recorrido, además de cantar y rezar, se bebía agua y cualquier otro líquido para aliviar el calor porque se caminaba bajo el sol de la mañana.

El Miércoles Santo íbamos a besar a Jesús en el huerto y a la ceremonia del lavado de pies de los apóstoles.

El Jueves Santo era la procesión del silencio donde participaban sólo hombres. Nunca super por qué. Lo que recuerdo es que podíamos verla pasar.

Los Jueves Santo “La Lita” nos mandaba a bañar al río Apunia. En la madrugada, nos íbamos bien temprano porque había que bañarse antes que saliera el sol si no nos iba a zurrar el sope en la cabeza. A mí me encantaban esas caminatas a oscuras, o casi en lo oscuro, había postes de luz en la ciudad. Una vez entramos a la calle polvosa guiados por la luz de las estrellas, era súper chivo. Se podía caminar de noche o en la madrugada, y, no recuerdo haber sentido miedo, es más, era super divertido y emocionante.

El Viernes Santo era el vía crucis, por la mañana, la crucifixión al mediodía y esto era súper dramático y melancólico. Recuerdo que oscurecía justo a la hora de la crucifixión, que sentía algo real e inexplicable.

Los Viernes Santo se suponía que no había que hacer nada, ya se dejaba todo hecho desde un día antes, había quienes ni se bañaban, era un día de guardar. “La Lita” nos decía, que por favor nos portáramos bien, que era tiempo santo y que ella no quería pecar, ni decir malas palabras. Así que de nuestro comportamiento dependía de la santidad de mi abuela, ese día.

A las tres de la tarde lo bajaban de la cruz y se repetían siete palabras. A quien les tocaba bajarlo, simulaban limpiar las heridas de Jesús con unos algodones que luego regalaban en el Santo Entierro y durante el Domingo de Resurrección entre los creyentes.

El Domingo de Resurrección era una procesión alegre y comenzaba bien temprano, como a las seis de la mañana. Las canciones ya no eran de lamentos ni sonaban las matracas ni tampoco las cadenas que se arrastraban. Se quemaba incienso y sonaba una campanita de sonido muy agudo.

Así crecí celebrando y participando de estos eventos religiosos. De bichita lo que más disfrutaba era llegar a la casa de mi abuela “La Lita.” Allí vivían mis tíos y primos, quien me esperaban contentos. Yo no me aguantaba por llegar donde ellos porque sabía que me iban a consentir jugando conmigo y compartiendo chucherías, fruta de la época como los mejores jocotes de río, mangos sazones y maduros con sal, limón, chile y alguashte, dulce de manzanilla, y jocotes y mangos en miel. Tampoco faltaban las minutas con jarabes hechos en casa por la tía Chita, de piña, uva, tamarindo, fresa con leche, con jalea de tamarindo… chupar esas semillas cubiertas de jalea y las charamuscas de todo sabor que allí llamaban “topogigios,” los siberianos rosados y de chocolate. Y cómo olvidar los sorbetes de carretón, el de coco y piña era mi favorito con mielita roja encima. Todo era un verdadero manjar. Los jocotes me los comía directo del canasto y no recuerdo haberlos lavado nunca. Y nunca me hicieron daño. La gente mayor comía tamales tortiados, rellenos de frijoles fritos y simples para acompañarlos con pescado seco forrado, porque no se comía carne en Semana Santa.

Cuando terminaba todo, yo sabía que se había acabado la peseta. Ya sólo regresábamos a la casa a recoger las maletas para agarrar camino de regreso a San Salvador.