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el viejo radio de mi abuelo

Jaime Guzmán, Santa Tecla

Afuera estaban azotando los vientos de octubre, allá por mediados de los años sesentas. Yo era apenas un cipote escuelero al que con trabajos tenían que despertar para el desayuno antes de partir para la escuela.

Aún tengo fresco en la memoria lo primero que escuchaba todas las mañanas. El recuerdo de la música que venía desde el fondo del patio, el lugar donde mi abuelo había construido, con láminas y madera, su taller de hojalatería, el cual estaba estrictamente prohibido para mí.

Todo al fondo del patio era misterioso, antiguo y maravilloso. El taller era antiquísimo. El abuelo era misterioso y su sonoro, fiel e inseparable radio de madera que lo acompañaba desde los anos treinta, cuando el Abuelo era aun joven, era maravilloso.

La radio tenía solo tres botones, un dial redondo y diminuto iluminado por una débil luz amarilla y una bocina cubierta de tela. La madera estaba polvorienta, lucía opaca y descolorida por el paso del tiempo y el hecho de que el Abuelo lo mantuvo siempre casi a la intemperie. Lo mantenía debajo del galpón de lámina y madera que apenas lo protegía de la lluvia.

Lo recuerdo aún, que cuando apretaba el calor, por las tardes, el Abuelo se sentaba a la sombra del galpón con su viejo tazón de barro llenito de cafe negro, a escuchar la música de tríos a todo volumen.

Recuerdo también todos los domingos por la mañana, cuando despertaba a todos en casa con su programa preferido de la Radio Nacional con aquellas larguísimas e interminables canciones y valses de marimba.

Con el paso del tiempo y el progreso, comenzaron a llegar a casa nuevos y coloridos radios plásticos de transistores. Una radio grabadora de cassettes, y hasta un modernísimo equipo de sonido estereofónico, que era el último grito de la moda. El Abuelo nunca siquiera se acercó a ellos; nunca los escuchó.

El tiempo que acaba con todo; se paseaba imperdonable por la vieja casa de mi infancia. Con el tiempo se fue el Abuelo, se fueron mis padres, nos fuimos mis hermanos mayores y yo, sin pensarlo dos veces, seguí también el llamado del camino de la vida.

Treinta años después, la vida misma me recompensó y me dio la oportunidad de visitar la vieja casona de mi infancia. Estaba todo cambiado y diferente; pero aún estaba el viejo galpón de madera ya medio destruido al fondo del patio.

Caminé entre el polvo, las telarañas y las ruinas de lo que fue el taller del Abuelo y allí me estaba esperando, atrás de unas latas viejas y oxidadas, arrumbado, cubierto de polvo y de olvido, el viejo radio de madera del abuelo. Lo tomé entre mis manos, lo acaricié, lo abracé, no lo solté nunca más, y lo traje conmigo.

Después de muchos e intensos cuidados, atenciones y de innumerables intervenciones casi quirúrgicas, la luz amarilla de aquel redondo y diminuto dial volvió a iluminar mis días y nueva música volvió a brotar de aquella anciana bocina cubierta de tela.

El viejo radio de madera del Abuelo sigue vivo.

Y hoy, todos los domingos por la mañana lo enciendo, le subo el volumen, y despierto a mis hijos y a todos en casa.

Y estoy seguro que el abuelo esta allá, sentado a la sombra del galpón de las estrellas, con su tazón de barro llenito de café negro, con aquella tibia y amplia sonrisa, escuchando su viejo radio de madera.