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Lecciones de mi padre

Walter Iván Velásquez, Ahuachapán

Mi hermano y yo nos llevamos dos años de diferencia. Cuando yo tenía como 8 más o menos, mi papá nos compró nuestros primeros dos libros: Cien años de soledad de Gabriel García Márquez y Jícaras Tristes de Alfredo Espino. El de Márquez se lo dio a mi hermano, por ser uno que a criterio suyo era más adecuado para su edad y a mí me tocó el de Espino. Nos llamó, nos sentó y nos dijo: “En una semana les voy a preguntar sobre estos libros y cuidadito con aquél cabroncito que no me conteste porque una verguiada le va a caer.”

Nosotros nos quedamos culillo porque nunca habíamos leído un libro y mi hermano peor que algo le valía riata eso de leer. Y lo que pasa es que mi papá tenía una su pequeña biblioteca que era su gran orgullo, con una colección de la Editorial Salvat. Yo lo más que leía eran las historias que estaban en el Silabario.

A mí me calaron sus amenazas que nos iba a caer la pijiada del siglo si no los leíamos. Pues al llegar de la escuela agarraba el libro y me subía al palo de mango para sentarme en el techo y poder leer. Yo trataba de decirle a mi hermano que se pusiera también a la tarea. Él intentaba hacer lo mismo debajo del palo pero al cabo de unos minutos se aburría y se ponía a bajar mangos o se iba a joder. Yo como podía le recordaba que mi papá lo iba a taleguear si no leía a lo que él me contestaba: “A mí me vale vos y no le creas que no nos va a hacer nada. Si no termino el tal libro le digo que me da más tiempo. Vos te afligís de puro choto.” Y se iba.

Pero yo conocía a mi papá, cuando nos portábamos mal nos daba buenos coscorrones y nos sacaba los ñeques. Pensando en esos castigos me dediqué a terminar el libro y dejé a mi hermano sólo a que él viera como salía del huevo. Al final sólo medio leyó 70 páginas por irse a la vagancia con el chato Brito, un chero suyo.

A la semana cabalita, llega mi papá a la casa temprano y nos llama: “Vaya, vaya, vaya, vengan para acá.” Yo me comencé a burlarme de mi hermano al ver que se puso culillo porque sabía lo que le esperaba: “Te van a pijiar, ya vés, por andar de vaguito hoy te va a caer, yo te dije jajaja.”

¿Terminaron el libro?, nos preguntó bien serio mi tata.

¡Sí, papá!, le contesté con aires de presumido.

¿Y vos?, le pregunta a mi hermano.

¡También!, le contestó el mentiroso.

Como yo era el chiquito, comenzó conmigo. Le contesté casi todas sus preguntas aunque también me puse nervioso. Cuando terminé me sentí contento porque había pasado la prueba de fuego.

Cuando le tocó su turno a mi hermano, comenzó su sudadera. La primera pregunta la respondió correctamente pero fue la única. Y yo, por supuesto, cagándome de la risa de lo que le esperaba.

Ajá cabrón, así que no leíste el libro.

Es que viera qué difícil papá, y comenzó a lloriquear mi hermano.

Y yo estaba en lo mejor de reírme.

Ustedes, hijos de la maceta, por ser hermanos y vos por no ayudarlo a que terminara el libro, nos dijo, a los dos los voy a pijiar. Ustedes tienen que siempre ayudarse y estar unidos. Cuando uno mire que el otro necesita ayuda, el otro tiene que empujarlo y no ponerse a reír.

Después que nos cayó la taleguiada, nos dio a cada uno un ejemplar del libro El Gaucho Martín Fierro advirtiéndonos que teníamos que leerlo juntos para que aprendiéramos una lección sobre lo que significa ser familia. Y desde entonces mi hermano y yo somos uña y mugre.