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cosas de mayores

FITO, ZACATECOLUCA

A uno cuando estaba cipote, nadie le daba razón de nada. Los papás siempre le decían a uno que se fuera para adentro cuando comenzaban las pláticas de adultos. A veces mis hermanas y yo nos moríamos por saber de lo que hablaban y tratábamos de parar la oreja.

Nosotros ya sabíamos que después de aquellas platicaderas venían cambios, o te ponían hacer más oficio o alguien se estaba muriendo. Las peores noticias eran cuando mi mamá le mandaba un telegrama al siguiente día a mis tíos que vivían en Oriente: “Se murió la niña Lita. Por favor vengan.”

Cuando eso pasaba no se atinaba quien entraba y salía de la casa. Las vecinas acarreando con peroladas de masa, hojas de plátano para los tamales, café molido, harina para hacer pan, guacales hondos para hacer horchata, y hasta gallinas desplumadas. Yo me acuerdo que a uno de bicho lo mandaban para allá y para acá sin descansar. Todo mundo estaba ocupado haciendo algo y recibiendo órdenes. Te decían que no anduvieras carreriando porque era un velorio y que había que respetar. Ya para medianoche en la casa no se podía ni caminar entre tanta gente rezando, chiviando, comiendo, llorando, y hasta no faltaba un grupo de borrachos que se ponían a cantarle al muertito o muertita canciones de Pedro Infante.

Mis hermanas y yo sabíamos que a la escuela no íbamos a ir por algunos días porque entre que teníamos que ayudar a limpiar el día siguiente y seguir las preparaciones para el entierro, después venían los mentados rezos que duraban, en mi mundo de cipote, mil años. Menos mal que como todo mundo se conocía en el pueblo, hasta las maestras venían a los rezos y no pasaba nada.

Mi tía abuela decía que la gente sólo venía a llenar el costal porque como comida era lo que más abundaba. Y cada vez que el difunto cumplía su aniversario de haberse petatiado, se volvía a repetir otra vez el trajín.