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la piscucha

Felipe, Usulután

Los vientos de octubre me recuerdan cuando salía a jugar con las piscuchas. Podía pasar horas y horas sin aburrirme, a veces hasta ni iba a comer a la casa. De todos los bichos yo era el más buzo. Siempre me andaban preguntando que cómo le hacía para elevarla tan alto. Allí les daba algo de paja inventando que era asunto de técnica. Les decía que todo estaba en la guinda. Algunos de los bichos eran tan pasmados que casi siempre se les trababa en los palos de mango.

Una vez hicimos un concurso para ver quién diseñaba la mejor piscucha. Yo por querer llevármela del sábelo todo le puse montón de adornos a la mía y le metí demasiado engrudo. Parecía piñata con tanta mecha y bolados que le había colgado. Creo que hasta unas pajillas que encontré en la calle le puse. La cosa es que cuando llegó el mentado día, nos fuimos a un campo abierto. Todos comenzamos a darle hilo, a correr y darle para arriba. Yo corría para allá y para acá y nada que se elevaba la mentada piscucha. Todos los bichos comenzaron a hacerme chiste porque la de ellos ya estaban bien arriba y yo seguía luchando con la mía. Después de sudar la gota gruesa, comencé a quitarle todo lo que le había puesto porque como había querido ponerle tanto, la babosada estaba demasiado pesada. Al final me valió si quedaba toda pelona y simplona porque lo que yo quería era que mi piscucha volara. Cuando llegué a la casa le conté a mi mamá lo que había pasado y nunca se me ha olvidado lo que me dijo: “Entre menos bultos acarreas en la vida, mijo, más lejos llegás. A veces es mejor vivir sin tanto tanate encima.”