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El viejo

Jaime Guzmán, Santa Tecla

El viejo despertó en su hamaca, justo antes de que cantara Vicente, un gallo colorado que un día apareció en su patio y se quedó a vivir por siempre allí.

Un viento tibio se colaba ya por las rendijas de las paredes de madera de la cabaña que él había construido con sus propias manos en lo alto de la colina: Un salón amplio y ventilado, desprovisto de muebles y comodidades modernas, solo su hamaca, una mesa y un viejo radio en la repisa.

Se levantó despacio, abrió de un tirón las dos ventanas de madera desteñidas por el aguerrido sol de la costa y el salitre del aire de mar. Puso a calentar el ennegrecido pichel de café en la hornilla de gas. Salió a sentarse en su lugar favorito; la desvencijada mecedora de madera que tenía en el corredor de enfrente de su cabaña y encendió el mismo puro que había dejado a medio fumar la noche anterior.

Las arrugas le marcaban la frente semi calva. La piel se le había vuelto de bronce, como si el sol de la costa le hubiese inyectado cobre en las venas. Sus ojos acerados contrastaban con su barba extremadamente blanca como su largo cabello recogido con una coleta. Sandalias de cuero, un raído pantalón de mezclilla y su camisa de lino que un día lejano había sido blanca.

Transcurría el mes de Octubre del 72  cuando llegó a vivir a El Zonte, un pueblito pesquero abandonado en algún lugar de la costa del Pacifico. Llegó con todo lo que poseía dentro de una bolsa del ejército, un puñado de dólares en la cartera, el corazón roto y el alma desgastada por los embates de la vida.

Le gustaba ver desde su silla el amanecer anaranjado en los techos de tejas del caserío, el resplandor de la torre blanca del campanario de la iglesia, el dorado en las piedras de la plaza del pueblo y el inmenso espejo gris del mar al amanecer.

A través de la bruma alcanzó a divisar a “María," sentadita en la punta de la playa de la pequeña caleta donde la dejaba descansar por las noches. Así llamaba a su barca querida, en honor a la mujer que un día fue su esposa, quien lo acompañó por más de cuarenta años y que ya no estaba.

Nadie supo la verdadera historia del viejo, nadie sabía su edad, su nombre ni de dónde había llegado.

Apareció en un día de invierno y se hizo amigo de todos y de nadie. En la cantina del pueblo, al calor del ron del Caribe contaba historias fantásticas de lugares lejanos y exóticos, de gente y lenguas extrañas, de océanos infinitos, de desiertos inmemoriales, de selvas inmisericordes, hablaba de una hermosa mujer, de los hijos que un día tuvo, de los miles y tristes kilómetros recorridos por esos viejos caminos del mundo.

A nadie le sorprendió cuando al atardecer de un día de temporal y mar embravecida , vieron al viejo desplegar la enmohecida vela de su barca y echarse a la mar. Nadie lo vio regresar, nadie lo extrañó, nadie preguntó por él.

Dejó sus únicas pertenencias donde siempre, las dos ventanas de madera desteñidas y abiertas de par en par, el ennegrecido pichel de café en la hornilla de gas, el viejo radio en la repisa y su puro a medio fumar en el brazo de la desvencijada mecedora de madera en el corredor de la cabaña.