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El corvo de mi tata

Mario, Cuscatlán

Mi tata guardaba el corvo debajo de la cama porque decía que uno nunca sabía cuando le iban a dar un susto. Que uno tenía que tenerle miedo a los vivos y no a los muertos. Se supone que era un secreto donde lo guardaba después que llegaba de trabajar. Yo como era bien buzo desde que tenía uso de razón encontré el animal filudo.


La cosa es que un día, por querer llevármela de machito en la escuela, les conté a los bichos que yo sabía usar un corvo y que hasta tenía uno. Entonces la mara, como es bien bayunca, comenzó a cucarme que yo les estaba dando paja. Yo les decía que sí y que era bien diestro para sacar corriendo a quién se atreviera a entrar a la casa. Total que entre todos me convencieron que tenía que llevar el bendito corvo y verlo con sus propios ojos porque no me creían.


Ese día regresé con una gran cólera a la casa. Después del almuerzo me quebré la cabeza pensando cómo le iba a hacer para sacarlo del escondite y llevarlo a la escuela. Se me clavó que le iba a tapar el hocico a los bichos llevándola. 


Esa misma tarde, ya como a eso de las 5, pasó un chero que vivía como a dos cuadras de mi cantón. El era mayor que yo y por lo tanto tenía más experiencia y era bien vivo. Y cabal porque me dijo que me iba a prestar el de su papá. Quedamos que a las 7 de la mañana lo iba a dejar en una chula debajo de unas piedras que estaban detrás de la escuela, a la par de una pila. 


Al día siguiente me levanté bien contento como si fuera Super-Man. Salí pijiado para la escuela a ver el corvo. Cuando vi la bolsa el corazón se me salió del pecho al ver aquella hermosura. Era un corvo más grande que el tenía mi tata. 


En el recreo todos los bichos vinieron rápido a mi grado para ver si de verdad lo había traído. Todos salimos corriendo cuando les dije que ya estaba listo para enseñarles como un hombrecito manejaba ese bolado. 


Todos se quedaron mudos cuando saqué el corvo por un momento pero rápido comenzaron a hacerme fiesta diciéndome que estaba bien chivo. Me tentaron a que hiciera mates como si fuera un Samurai que habíamos visto en una revista que un cipote de octavo grado nos había prestado. 


Cuando de repente comienzo a ver un chorro de sangre que no sabía de dónde salía. Lo único que recuerdo es que todos se alborotaron y unos salieron corriendo llamando a las seños. Me sentaron sobre las piedras y cuando abrí los ojos estaba en la clínica del pueblo. Mi tata estaba a la par mía. Puso cara de contento cuando la enfermera le dijo que aquello hubiera sido peor. Que había tenido suerte de cortarme la cabeza. Me toqué por la parte de la oreja y me sentí que tenía envuelto esa parte con unos trapos gruesos. 


Mi tata me dijo que después de que me sanara la herida que me había hecho yo mismo por andar de plantoso me iba a dar una buena verguiada para no volverlo hacer porque ser hombre era más que usar un arma. Y así fue. De la pifiada no me salvé. Obviamente ya después de eso, escondió el corvo en otro lado y nunca lo volví a usar en mi vida.