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el chicote y yo

Jaime Guzmán, Santa Tecla

Ese día el sol no era más que una promesa sobre nubes anaranjadas y adormitadas sobre la panza del cerro San Jacinto. Todavía quedaba el frío de la madrugada y lo sentía repicar en mi cara, recién rasurada y olorosa a Old Spice.

Salí tempranito, como todos los días. Me gusta ganarle un poco la partida al tráfico de las mañanas y poder llegar al cafetín de la esquina para tomarme un café y leer el periódico en paz. A veces, con suerte, levanto uno que otro pasajero trasnochado, o alguno de esos que van tarde y prefieren pagar taxi que perder su trabajo. 

Esa mañana no dejaba de sentir la sensación de que alguien me observaba. Me sentía perseguido, cuando manejaba, como un tic nervioso. Iba viendo el retrovisor repetidamente, buscando algún radio patrulla de la policía o un Jeep del ejército ya como “para acabar con esta vaina de una vez por todas,” me dije riéndome.

Es que de alguna manera me fui acostumbrando a vivir así; con un miedo que me helaba pensando que alguien estuviera apuntando las placas del taxi. En el fondo me sentía como si hasta yo fuera un espía, como en las películas, y como la cosa me gustaba algo.

“Sólo babosadas pensás,” me decía a mí mismo. Me lo repetía para quitarme el miedo, que furtivamente se me deslizaba por la nuca al sentir el bulto frío y metálico que andaba en la bolsa del pantalón, una 22 semiautomática que me habían dado.

¿Y qué vas a hacer con esta babosadita?, me pregunté.

Cuando te agarren, en la mera jeta te la van a ensartar, me contesté.

Me reía de nuevo. Luego imaginaba los titulares del periódico matutino del día siguiente con un reportaje completo, fotos y toda la cosa:

“MUERE TAXISTA AL SER EMBOSCADO POR  DESCONOCIDOS”

PELIGROSO CONTRABANDISTA DE ARMAS CAPTURADO AL ENCONTRÁRSELE CARGAMENTO DE FUSILES EN SU TAXI”

Por la poca imaginación que tenían los cuilios al investigar, no se les ocurriría pensar que un cargamento de fusiles rusos en mi pobre Volkswagen, un vocho del 70 y todo pandereto, no sería capaz de sostenerlo. Mis panas taxistas de la Plaza Libertad me bautizaron el carrito con el nombre de El Chicote.

Como la idea de ser perseguido ya se me había metido, no me quedaba nada por hacer más que aceptarlo como si fuera un lío y hacerme el maje. Seguir con mi vida rutinaria era mi única opción. Y esa fue mi maldición: la rutina.

Un amigo de la infancia, el Chele Pedro, que andaba metido en babosadas me empujó a meterme donde no me llamaban. Eso sí, el bien tranquilo se iba a descansar a su casita del puerto mientras que yo andaba con el culo en las dos manos, esperando a ver cuando la autoridad me daría un susto y me empujaran a un hoyo.

Todo esto fue cosa de borrachos. Después de media botella de tequila andábamos medio cachetones. Yo con un par de tragos me sentía Superman y cuando el Chele Pedro me enseñó la pistolita vi que aquello iba en serio. Aquel siempre fue bueno para enganchar gente y después de un par de tequilas más yo ya me sentía para darle a su madre al Estado Mayor de la Fuerza Armada.

- La cosa es fácil. Nada más agarrás la carretera de la Troncal del Norte, le dás para adentro como dos horas y te parás en el desvío del Coyolito. Allí vas a recoger a un cristiano y lo regresás a la capital. Nada más que eso.

Lo que al desgraciado se le olvidó decirme es que se trataba ni más ni menos de recoger a un tigre revolucionario, recién bajado del cerro para llevarlo a San Salvador.

Llegué al desvío sin contratiempos. Esperé como media hora. Como estaba nervioso me puse a fumar como chimenea hasta que vi salir a un barbudo de unos matorrales a la orilla de la carretera. En seguida me di cuenta que por la facha era uno de los meros comanches, con su disfraz de guerrillero. Se sentó en el asiento trasero y por el espejo hasta se me hizo parecido a un dibujo del Che. Venía cargado, o sea armado y con todo y chivas, como si solito fuera a armarle la guerra al mundo entero.

Ya de regreso para San Salvador, era difícil no ver a Rambo por el retrovisor porque estaba haciendo un montón de ruido armando y desarmando sus herramientas de fuego.

- Parece que nos va a agarrar el agua, dije haciéndome el baboso.

- ¿Venís armado?, me preguntó en una voz ronca.

- Pues mire, por allí me dieron esta cosita, dije apenado en comparación a las que él cargaba.

- Escondé ese jueguito y agarrá esto, me ordenó. Era una animala de hojalata, pesada, medio cuadrada, pesada, con olor a aceite tres en uno.

- Es una ametralladora, no te preocupés, no vas a tener que usarla, a menos que sea necesario, acá se le quita el seguro y aquí se le jala.

Después se acomodó y se dio una buena fondeada que hasta roncaba de lo lindo.

Y me comenzaron a dar retorcijones y una tembladera pensando que me iba a llevar la huesuda. Quería bajarme del taxi y salir corriendo. Esto me saco por andar de borracho y hacerle caso al maldito Chele Pedro. Semejante cerote me las va a pagar, me dije. Si yo no se qué carajos ando haciendo aquí si siempre he sido un tipo tranquilo y hasta con mi mujer soy bien manso, hasta cuando le agarra la jodedera, pensaba.

Y mi pobre Chicote, si salimos de esta te voy a llevar al mecánico para que te de una buena revisada, le dije a mi carrito, mientras le hacía un traca, traca quizás por falta de aceite.

Ya casi llegando a la capital, comenzó a caer un pijazo de agua que parecían pedradas. Apenas se veía el camino. Al rato, cuando se divisó la neblina, alcancé a ver un retén como de cuarenta soldados, con camiones, tanquetas, y jeeps a ambos lados de la carretera.

Los huevos se me hicieron un nudo y lo que me salió de la garganta fue, “¡Allá adelante están los soldados!”

Sin cara de nervioso y medio acariciando su herramienta me dijo que le metiera la pata y que no fuera a parar por nada del mundo.

Al llegar al retén, todos los soldados estaban con sus capas de hule, resguardándose de la tormenta debajo de los árboles. Estábamos siguiendo de largo y medio a respirar de nuevo pensando que no nos iban a parar cuando uno de los soldados se para en el medio del camino haciendo la señal del alto con el brazo.

Lo último que alcancé a oír fue: “¡Dale y por tu madre no parés!”

Y comienza aquella tronazón, como si fuera el fin del mundo. Los oídos me zumbaban y no podía respirar por la humazón que se encerró adentro de Chicote. Fue como el fin de año donde revientas cohetes a la medianoche. La puritita alborada de nuestra señora, la Santísima Virgen María.

Por los vidrios rotos del carrito me cobraron ciento veinte y cinco pesos, otros cien por taparle los hoyos que tenía en los guardafangos y la puerta, y también por repintarle el rotulito de “Transportes Cuzutlán.” Y eso no incluyó lo que el gangster de mi mecánico me iba a cobrar por destapar la cacerola del motor que se jodió por la recalentada que le dio al salir hecho un pedo huyendo de los plomazos.

Por la bendita pistolita de juguete me dieron apenas cuatro cientos pesos, que ni me hubiera servido ni para espantarles los zancudos a los soldados. El tal Rambo me dio ciento cincuenta cuando lo dejé en una colonia de ricos.

Haciendo cuentas al final no salí tan jodido pero el susto no me lo pagó nadie, ni la diarrea que sufrí toda la semana, que el doctor me dijo que era de puros nervios. Sólo me mandó a tomarme unas aspirinas.

Bueno, doctor, le pregunté, y hablando de otra cosa, ¿como quedó la selección el domingo? Es que como con tanto susto le perdí el hilo.

Cuzuman.