44330348_2185940378358618_5304212742872236032_n.jpg

Cosas de cipotes

Lilly Solis, Caserío Los Solises, Chalatenango

En la familia somos 4 hembras y 1 varón (mi inolvidable hermano), y las locuras que hacíamos siempre se las perdía. En un grupito más grande incluíamos a otras 3 primas hermanas porque nos llevábamos de maravilla y salíamos los fines de semana a recoger leña. El terreno donde íbamos era de un vecino que tenía una hacienda muy grande que estaba poblado de palos de morro, amate y huíscanal (que apestaba a caca de gallina). Ese terreno solo servía para pastar el ganado y todos conocíamos el llano como la palma de nuestras manos. Allí pasaba una quebrada que se llenaba en invierno acarreando agua sucia y revolcada para que las vacas la bebieran. Nosotros a ese río chiquito le llamábamos El Zanjón y nos bañábamos dándonos unas buenas revolcadas en el agua color barro pero aquello era rico y divertido.

Las niñas éramos tan ocurrentes que cada vez que íbamos a traer leña o morros, o lo que se nos ocurriera, llevábamos cualquier cosa para jugar. Resulta que nuestro hermano mayor y los tres primos siempre nos andaban vigilando para ver qué hacíamos y llegar a contarle a nuestros papás para que nos dieran una buena penquiada.

Un día, se nos ocurrió llevarnos ropa de nuestros papás para disfrazarnos. Nos creíamos actrices con gran potencial, éramos cantantes y bailarinas, en fin, hacíamos de todo.

Justo ese día a nuestros hermanos se les ocurrió llegar antes que nosotras escondiéndose en un árbol de amate muy grande, tupido de ramas y lleno de hojas. Nosotras nos pusimos los disfraces y comenzamos con la actuación. Para nuestra sorpresa, y en media actuación, comenzó a llover debajo del árbol y eran nada más y nada menos que nuestros hermanos orinándose sobre nosotras. Como estaban bien escondidos, salimos corriendo gritando como locas con la ropa que llevábamos puesta. Ellos se bajaron del palo muriéndose de la risa y salieron corriendo adelantándose a nuestras casas para ponerle la queja a nuestros papas. Cuando llegué a la casa a mis hermanas y a mí nos pusieron en fila, arrodilladas y comienza mi mamá una por una con el famoso chilillo. Y mis primas tuvieron la misma suerte. Ahora que todas tenemos entre los 49 y 53 años recordamos esa aventura como una de las que nos hace orinar de la risa