Ceny Galdamez

Ceny Galdamez

Una luz entre balas

Ceny Galdamez

Una noche de un mes del año 1989, cuando creo que tenía 19 años, había toque de queda en la ciudad de Ayutuxtepeque. Toda la gente tenía que estar en las casas encerrada sin salir y mantener silencio. Si alguien, por necesidad, tenía que salir había que cargar un trapo blanco en forma de bandera, sinónimo de paz. Sólo se oían balas en diferentes sectores del lugar. Era un pánico aterrador.

El toque de queda comenzaba a las 6 p.m., si no me equivoco. En aquel silencio alguien tocó a mi puerta. En mi mente, aterrorizada, pensé “Dios padre, vienen por nosotros.” Con la voz quebrantada pregunté quién era. “Soy yo, Blanca,” dijo una voz toda temblorosa. Abrí la puerta y era mi vecina. Le pregunté:

Niña Blanca, ¿qué hace?

Ayúdeme, mi nuera está con dolores de parto.

Niña Blanca, ¡nos van a matar!

Se lo suplico, no sé qué hacer, por favor, ¡ayúdeme!

Agarré mis tijeras que siempre andaba conmigo y me puse los zapatos. Me fui con ella rogándole a Dios que no nos fueran a matar por andar en la calle. Ella me llevó donde estaba la muchacha que en realidad era una niña adolescente. Estaba tirada sobre un petate formando una cama en el suelo.

Con miedo le pregunté si estaba en control médico, contestándome que su parto era complicado y que el doctor le había dicho que precisaría cesárea. Yo me asusté aún más. En ese entonces yo estaba haciendo mi primer año de enfermería y con mucho temor y bajando a Dios del cielo con mis plegarias, comencé a ayudarle a aquella niña. Puse en práctica lo que sabía en teoría. La puse en posición de parto y medí su dilatación y toqué la cabeza del bebé. Yo le rogaba aquella muchacha que no hiciera bulla porque nos matarían a todas.

La cabeza de aquél bebé comenzó a salir y a rotar. Una cosa de lo más increíble. De repente, la cara del bebé comenzó a ponerse morada y metí dos dedos entre el cordón umbilical y el cuello del bebé. De no haberlo hecho, el cordón hubiera asfixiado a la criatura al jalarlo. Lo extraje poco a poco y lo corté con mis tijeretas amarrando el ombligo con las cintas de mis zapatos… pero el bebé no lloraba (y en el fondo no quería que lo hiciera porque nos podían oír).

Froté y froté al bebé y comenzó a dar señales de vida. Lo envolví con lo que pude porque esa niña no tenía nada. Y de repente la muchacha comenzó a gritar de nuevo en lo que yo estaba limpiando al bebé. La niña Blanca me dijo que quizás era la placenta lo que le estaba causando dolor. Yo no me acordaba de eso pero comencé a extraerla. Nunca había visto nada igual y casi vomito. Pero el susto era superior a mi reacción física y se me pasó rápido. La revisé que estuviera completa y se la entregué a la niña Blanca. Ella la puso en un traste y dijo que la enterraría. Le aconsejé que llevará a la muchacha a que fuera revisada por un médico, cuando las balas lo permitieran. Y allí dejé aquel hermoso bebé y aquella niña, postrados en el petate.

Días después me enteré que tanto el bebé como su mamá estaban bien. En medio de las balas una luz nacía.