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La voladora

Bruna, Metapán

Cada año en el pueblo se celebran las fiestas patronales. Hay desfiles de carrozas que pasean candidatas de distintos barrios, bandas que lo despiertan a uno no más sale el sol, pachangas amenizadas por orquestas que llegan desde la capital, champas privadas para los que buscan hacer sus picardías nocturnas, y las famosas voladoras y chicaguitas.

Cuando estaba chiquita sabía que habían puestos a los que podía entrar y a los que no. Mi abuela me amenazaba que cuidadito en entrar por las que estaban cerca de los chorros sin darme más explicaciones. Cuando fui creciendo me fueron entrando más las ganas por saber del por qué de tanta prohibición. De allí que mi mejor amiga y yo nos armamos de valor y decidimos espiar los pasajes donde estaban esos puestos.

Esto resultó en una aventura donde acabamos las dos con pispelo. Sigo sin entender cómo es que se nos infectaron los ojos pero en esa época todo mundo sabía que el pispelo solo le daba a una cuando miraba cosas prohibidas. La tarde que espiamos la champa arriesgamos que alguna vecina de mi mamá nos viera y que se lo fuera a contar. La gente en el pueblo sigue siendo muy comunicativa para esas cosas. Como bien dicen, pueblo chico, infierno grande.

Las champas estaban hechas como de una paja o bejucos bien amarrados de modo que si uno intentaba ver lo que había adentro no se podía ver nada. Pero como la curiosidad podía más, comenzamos a tratar de abrir con nuestras manos un hoyito para ver. Pasamos quizás como unos veinte minutos intentando hacer un hueco y para suerte nuestra se nos vino encima un mostrador con montón de trastes de barro. El ruido nos asustó tanto que dimos unos gritos que hicieron que una señora saliera donde nosotros estábamos. Aquella mujer iba medio chulona arreglándose el fustán que lo llevaba a medio andar. Mi amiga y yo salimos corriendo como si hubiéramos visto a Judas.

Ya por la noche mi mamá me dio 10 centavos para que fuera a darme una vuelta en la voladora. Como aquella máquina elevaba los asientos bien altos, desde allí pude ver que el hueco que mi amiga y yo habíamos hecho temprano estaba tapado con un pedazo de cartón. Esa ha sido una de las mejores carcajadas de mi vida mientras los parlantes tocaban la canción del Popotitos de Enrique Guzmán.