Casa de barro pintada con cal

Casa de barro pintada con cal

Una pijiada de a choto

Marisol, La Unión

Cuando tenía quizás 7 u 8 años de vida, estaba llena de inocencia: jugaba chibola en el cerrito, trompo, peregrina, me choyaba sobre un pedazo de cartón por una bajaba, le pedía a mi amigo Pablo que me diera aventones en carretas hechas por él mismo, andaba en cubos y palos, en fin, todo aquello era la diversión.

También ayudaba en los quehaceres de la casa, barría el suelo que hacía una polvareda del diablo mientras mi madre me gritaba que no fuera burra y que regara con agua si no quería un yinazo. “Andá traé agua si querés ir a jugar,” me advertía. Y así eran mis días.

Un día mi mamá me mandó a traer tierra blanca que se daba en unas veredas hermosas. Eso se llama cal. Para no tener que ir sola le pedí a una del montón de amigas con las que jugaba que fuera conmigo. En ese entonces la gente de mi barrio que tenía casas de barro como la nuestra las pintaba de cal. Estando allá se nos ocurrió jugar a que peleábamos, como tipo lucha libre. Nos revolcamos en aquella tierra blanca y terminamos como fantasmas. Antes de irnos nos sacudimos bien.

Al llegar a casa mi mamá me estaba esperando con el cincho doblado y me dio una sopapeada sin piedad diciéndome que así se me iba a quitar lo vaga y la tendencia de ser una niña mala. “Te mandé a traer tierra y no a revolcarte con esa otra muchachita,” me gritaba. “Ya me contaron que las vieron una encima de otra sin ropa” me decía como acusándome de algo imperdonable. Yo lloraba diciéndole que no era cierto y que solo estábamos jugando. Mi mamá era de esas que que pegaban con lo primero que agarraban, sin piedad. Fue así como terminé ese día llorando y adolorida por la mentira de un viejo con mente sucia.